miércoles, 9 de noviembre de 2011

Pasado oscuro

Tenía 11 años cuando pasó. Era una noche normal, yo esperaba a mi madre en mi pequeño apartamento. Ella solía llegar tarde. Yo no sabía por qué. Si lo hubiera sabido, quizá lo hubiera podido evitar. Hasta entonces siempre había creído que mi madre era camarera en un lujoso restaurante del centro, pero después de que todo pasara descubrí que tenía negocios con los capos de la droga de Colombia para poder mantenerse. Aquella noche no volvió a casa. A la mañana siguiente me fui solo al colegio. En el recreo mi madre me llamó al móvil, parecía muy asustada:

-¡Samuel!¿Estás bien hijo?

-Sí mamá. ¿Pasa algo?

-Hijo, no vengas a casa, tienes que huir lo más lejos posible, no pueden encontrarte porque...

La llamada se cortó. Algo no iba bien. Salí corriendo del patio de mi colegio y me dirigí a casa. Pasé al lado del parque por el que solía ir con ella. Aumenté el ritmo. Cuando por fin llegué jadeando al bloque de apartamentos vi desde la calle que mi casa estaba ardiendo.

-¡Mamá!¡Mamá!-Grité.

Subí corriendo las escaleras hasta mi piso en el segundo. En ese momento un hombre vestido de negro salió corriendo en mi dirección y me miró a la cara durante solo un segundo. Me fijé en su cara solo un momento pero nunca se me olvidará ese rostro. Tenía una enorme cicatriz en la mejilla derecha y unos ojos azul gélido que parecían desgarrarte por dentro. Corrí hacia el piso, abrí la puerta y lo que vi me dejó helado. Todo estaba ardiendo, mi colección de cromos de baseball con el cromo dorado de Erik Patterman, la alfombra que compró mama de recuerdo en nuestro viaje a Persia, todas las cosas que tanto queríamos estaban destruidas. Y en medio de tanta desolación estaba el cuerpo de mi madre. Sus ojos miraban al vacío con expresión rígida. Llorando miré su pecho en el que había un agujero de bala. Todo su torso estaba ensangrentado. En estado de shock salí de mi casa y caminé hasta un callejón donde caí al suelo y empecé a llorar. Así es como empezó todo.

Pasaron siete años. Me tuve que ir a otra ciudad para poder escapar de los asesinos de mi madre. Formé una banda con unos cuantos chavales que encontré por la calle. Atracábamos pequeños negocios y robábamos todo lo que necesitábamos para sobrevivir. Cuando conseguimos suficiente dinero alquilé un piso en el sótano de una casa en mi antiguo barrio. Adopté una nueva identidad y me infiltré en el negocio de drogas en el que mi madre estaba involucrada. Durante varios meses me dediqué a investigar sobre la muerte de mi madre. Finalmente encontré una pista que me llevó directo al asesino. Al parecer culpaban a mi madre de dar un chivatazo a la poli por el que perdieron mucho dinero. El hombre que mandó asesinar a mi madre era Javier El Gordo, el segundo al mando en el negocio. Gracias a estar infiltrado, me enteré de dónde iba a haber una reunión de capos muy importante. El encuentro se realizaría en un antiguo puerto abandonado al que acudiría la banda al completo. Llamé a la policía para que les tendieran una emboscada y yo me escondí en unos cubos de basura situados cerca del lugar de la reunión para poder observarlo todo. A las 7 menos cuarto comenzaron a llegar los asistentes a la reunión. Javier El Gordo acudió junto a dos desconocidos en una furgoneta gris. En ese momento, la policía apareció y los capos comenzaron un tiroteo. Las balas cortaban el aire y los acompañantes de Javier El Gordo cayeron muertos. Javier comenzó a escapar corriendo por los callejones. La policía no podría atraparle. Salí de mi escondite, cogí la pistola de uno de los muertos y corrí en su busca. Corrimos a través de pequeñas calles. Finalmente conseguí acorralarle en un callejón sin salida. Le apunte con mi arma, y me dijo:


-No tienes agallas para matarme, te mataré a ti como maté a tu madre.-

En ese momento sacó su pistola y me disparó. El falló pero yo no lo hice, un disparo en la cabeza acabó con su vida. Entonces llegó la policía y me detuvo. El juez me declaró culpable de asesinato y tráfico de drogas.
Ahora, cinco años después, en la cárcel, cuento mi historia con la esperanza de que nadie vuelva a sufrir como yo lo hice. Al salir de la cárcel escribí mi historia y la convertí en una novela, y escribiendo es como me ganaba la vida. Un día salí a comprar cuando sentí dos balas en el pecho, lo último que vi fue esa cicatriz, el hombre que mató a mi madre, ahora acababa con mi vida. Así fue como comprendí que nadie puede escapar de su pasado.

1 comentario:

  1. ¿Y esto que aparece aquí, qué significa?
    Bueno, al fin has arrancado con el blog. Y si esta historia no está copiada (creo que no, pero eso que te he puesto arriba me ha puesto en guardia), te has ganado tu primera estrella, que compense algo lo de la falta de entradas.

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